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Asesinó a una pareja en “Villa Cariño” y después a una nena: “La tormenta me excita y me da ganas de matar”

Los tres crímenes, sin conexión aparente, ocurrieron en 1995. Cuando lo detuvieron le echó la culpa a “un golpe que se había dado en la cabeza al caerse de un caballo”.

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Los asesinatos de una pareja el Día de los Enamorados y el crimen de una nena de 13 años durante una tarde invernal sacudieron la tranquilidad habitual de Saladillo, una ciudad bonaerense ubicada a 180 kilómetros de Buenos Aires, en el año 1995. Aunque no había un vínculo entre las primeras víctimas y la menor asesinada después, ambos casos quedaron unidos para siempre en la fatalidad por los patrones menos pensados: una tormenta y un vecino al que todos conocían.

 
Se llamaba Miguel Alberto Gobbia y era un hombre de unos 50 años que estaba al frente de una precaria pulpería, o bar de campo, que frecuentaban los poco más de 22 mil habitantes que tenía el pueblo en aquel entonces. Así, entre sánguches y bebidas, el paisano se había ganado la confianza de la gente e, incluso, de la policía, que solía hablar de investigaciones en curso delante del silencioso y amigable testigo.

“Parecía una persona normal, pero había una doble personalidad, se transfiguraba”, le dijo un vecino hace casi tres décadas al periodista Enrique Sdrech, en una entrevista para Telenoche. Su testimonio se repitió, como calcado, entre los asombrados saladillenses.

En abril de 1998, Gobbia fue condenado a prisión perpetua por los tres crímenes, pero la perpetuidad para él solo fueron 13 años a partir de la condena. Quedó libre en la Navidad de 2010 y nunca más volvió a ser noticia.

El debut sangriento

La madrugada del 15 de febrero de 1995 una tormenta fuerte caía sobre Saladillo y también fue la primera vez que Gobbia salió a matar. En la zona conocida como “Villa Cariño” la oficial de la Policía bonaerense Patricia Noemí Gallo y el chofer de ambulancias, José Bassi, seguían dando rienda suelta todavía a los festejos por el Día de los Enamorados en el interior de una camioneta.


La pareja se sobresaltó cuando alguien les golpeó la ventanilla, pero, evidentemente, no les dio miedo lo que vieron porque empezaron a bajar el vidrio sin ningún reparo. Pero entonces la noche romántica se volvió de pronto una escena salida de una película de terror: el caño de una carabina apuntó hacia ellos y abrió fuego. Bassi murió acribillado de cinco disparos.

    
Los planes de Gobbia para Gallo eran otros. A ella la obligó a conducir el vehículo un par de cuadras y trató de violarla. La oficial se resistió con todas sus fuerzas y logró salir del vehículo, pero no le alcanzó para escapar del asesino, que le disparó por la espalda.

El cuerpo de Patricia Gallo fue encontrado horas después dentro de una alcantarilla, donde buscó refugio mientras agonizaba. Un día más tarde dieron con el de su compañero, Bassi, escondido entre unos matorrales. El ambulanciero no tenía su reloj y tampoco las zapatillas, razón por la que creyeron que habían sido víctimas de un homicidio en ocasión de robo o de un conflicto que había tenido un desenlace trágico.

Más hipótesis equivocadas, otra tormenta y un nuevo crimen
Con el correr de los meses se barajaron también otras hipótesis. La más firme apuntaba a un posible ajuste de cuentas vinculado a una investigación que llevaba adelante Gallo por un caso de drogas, pero tampoco se pudo probar. La causa había quedado encerrada en la falta de resultados.

Gobbia confesó todo y me pidió la pistola para pegarse un tiro.
Entonces, durante otra tormenta, el 14 de julio, un nuevo crimen conmocionó a la ciudad. La víctima en esa oportunidad fue una nena de 13 años llamada Gladys Patricia Fioretti, a la que habían secuestrado, violado y asesinado a puñaladas. Su cuerpo, a la intemperie, quedó abandonado en una zona cercana al Saladillo Automóvil Club.

Zapatillas dos números más chicas: el detalle que delató al asesino
Gobbia era vecino y amigo de la familia de la nena asesinada, por lo que resultó ser una persona de interés para los investigadores que fueron hasta su casa para interrogarlo como testigo.

El hombre recibió a los oficiales con total tranquilidad, pero un detalle particular en su manera de moverse le llamó la atención a uno de los policías que participó del procedimiento.

Gobbia mostraba alguna incomodidad al caminar porque las zapatillas que usaba le quedaban chicas, específicamente eras dos números menos que los que tendría que haber usado. El inspector recordó en ese momento que el cuerpo de Bassi estaba descalzo.

“La tormenta me excita”Así se transformó de testigo en sospechoso y fue trasladado a la comisaría, donde no tardó en quebrarse y confesar la autoría de los crímenes. En diálogo con eltrece en aquel momento, el comisario le reveló a Sdrech: “Ahí fue donde Gobbia confesó todo y me pidió la pistola para pegarse un tiro”.

“La chica le había dicho que le iba a contar a los padres (que la había violado), entonces, antes que lo descubriera, le aplica una puñalada a la altura del corazón”, completó el policía, que no le facilitó al detenido un suicidio cobarde y, en consecuencia, Gobbia improvisó distintos argumentos en su afán por explicar el horror.

“La tormenta me excita y me dan ganas de matar”, les dijo a los agentes en una primera declaración tras su detención. Después, amplió su argumento con el supuesto origen de esa compulsión.

Gobbia contó que en una oportunidad, mientras recorría el campo a caballo, se cayó y se golpeó la cabeza. A ese golpe el asesino le atribuyó el cambio en su personalidad, sostuvo que le provocaba terribles dolores y que solo podía calmarlos automedicándose y consumiendo alcohol. Hasta que un día, decidió acallarlos de otra manera y salió a matar.

    
Miguel Gobbia, "el asesino de la tormenta". (Foto: gentileza Diarios Bonaerenses).
Pese a su intento por justificarse, los estudios neurológicos a los que lo sometieron no detectaron ninguna lesión compatible con una caída como él había descripto.

“Compulsivo, agresivo y actor”
El juicio a Gobbia llegó en abril de 1998, tres años después de los crímenes. “Su apariencia bondadosa esconde en realidad a un individuo compulsivo, agresivo, actor y con ausencia de interés por el otro”, indicó sobre el imputado un psiquiatra forense en el debate.

Tal era la actuación del asesino que uno de los policías que frecuentaba la pulpería, declaró: “Cada procedimiento que hacíamos en la zona, este hombre iba con nosotros como testigo”.

    
Gobbia durante el juicio, en el que lo condenaron a perpetua. (Foto: gentileza Diario Popular).
En apenas cuatro días la Justicia lo condenó a reclusión perpetua y Gobbia fue trasladado para cumplir su pena a la Unidad 30 de General Alvear, alojado en el pabellón evangélico y, hasta donde se sabe, con una “conducta ejemplar”.

“El asesino de la tormenta”
La prisión perpetua en el caso de Gobbia se terminó 15 años después de los asesinatos y a 13 de la condena. Para la Navidad de 2010 recuperó su libertad y no volvió a saberse nada de él. Hace algunos años circuló el rumor de que había muerto. Gobbia pasó a la historia criminológica del país como “el asesino de la tormenta”.

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